La carroza de la muerte

Juan Diego fue un ilustre personaje que vivió en la Antigua Guatemala hace ya muchísimos años, demasiados como para contarlos.

Una noche de noviembre, fue a acostarse, agotado por la larga jornada.  El frío le hacía tiritar.  Los dientes le castañeaban y las chamarras no alcanzaban a taparle el frío.  Las calles principales de la Antigua se encontraban completamente desiertas.  Un ensordecedor silencio se escuchaba en la pensión en la que se hospedaba Juan Diego.

El sonido de unos cascos de caballo lo despertó, justo a la media noche.  Un caballo relinchó y luego todo se volvió a quedar en silencio.

A la mañana siguiente, varias mujeres lloraban, reunidas alrededor del lavadero comunal.

–Pobrecito Don Julián.  Todavía estaba joven –gimió una señora grande lamentándose.

–Tan bueno que era.  Así de repente… sin ton ni son, se murió.

Durante varios días lloraron al pobre difunto.  Cada quien lo hacía a su manera.  Unos hablaban delo bueno que había sido, otros se reunían y tamaleaban y otros, en cuenta Juan Diego, salieron a tomar unas copas en su honor.

Tomaron y tomaron hasta que se tambaleaban.  Pagaron la cuenta y Juan Diego salió a las calles empedradas viendo triple.  Había luna nueva, por lo que todo estaba oscuro.  Sólo unos cuantos faroles alumbraban el paso.  Escuchó un sonido de caballos a sus espaldas.  Cada vez más fuerte.  Relinchaban y el conductor los apuraba.

Se le llenó de miedo y escalofríos la poca consciencia que le quedaba.  Volteó a ver y distinguió una silueta tenebrosa.  Se le pasó la borrachera y sin saber bien por qué, se echó a correr.  El carruaje estaba cada vez más cerca.  Como pudo, llegó a la pensión y se metió en su cuarto.  Escuchó que el sonido se acercaba cada vez más.  La puerta de su habitación rechinó y un espectro parecía adentrarse.  Del susto, cayó desmayado.

A la mañana siguiente, se levantó y examinó todo su cuerpo.  Estaba vivo.  Pensó que todo se debía a la borrachera.  Salió de su cuarto y se fue a trabajar todavía un poco asustado por su sueño.

Las noches siguientes, volvió a escuchar una carroza pasar a toda velocidad por las calles.  Cada vez que lo hacía se le erizaba la piel.

La noche del 12 de noviembre, la casera de la pensión tocó la puerta de Juan Diego.  Le dijo que se cuidara, que había tenido un mal presentimiento.  El pobre, apagó las velas y se fue a dormir.  Ella se fue preocupada a su cuarto también.

A las 12 de la noche justo, de ese 12 de noviembre, se escuchó de nuevo el estruendo de los cascos y los relinchidos.  El jinete los apresuró y golpeaba con su látigo impaciente.  La casera se asomó por la ventanita, asustada pero curiosa, y vio como paraba una carroza negra frente a la pensión.  Dos gigantes pura sangre negros lo llevaban.  El jinete se bajó y hasta ahí pudo aguantar el miedo la mujer.

Al amanecer, cuando recobró la consciencia, corrió a ver cómo estaba Juan Diego.  Estaba frío y sin vida.  La carroza se lo había llevado.

–Pobrecito Juan Diego –decían las señoras.

–Dicen que se lo llevó un espanto… que anda en una carroza y que si la oís es porque la flaca te va a llevar.

Adaptación Pablo Morales

Comentarios de La carroza de la muerte

Me fascinan los escritos con el estilo de leyenda. Particularmente este me pareció muy bueno… el autor logró que sintiera un momento de suspenso. Felicitaciones!! Sigan adelante..

#1 Mildred Cifuentes, noviembre 15th, 2010 @ 20:01 pm

Bien matizado el relato, interesante historia

#2 jorge francisco, noviembre 19th, 2010 @ 16:10 pm

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